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jueves, 6 de enero de 2011

Lázaro, King y Queen


(Cuento de ficción. Basado en hechos, nombres y personas reales)

- ¡King! ¡Este perro baboso! Siempre estás a los pies de Jorge. ¡Tu dueño soy yo!
Aunque sabía que sus perritos hasta huían de él y la perra parida le sacaba los dientes como fiera, si intentaba acercársele, cosa que le daba mucho miedo de que le mordiera y, por el contrario, a Jorge no (a él sí lo dejaba tocar los cachorros y lo buscaba como pidiéndole ayuda en caso de apuros), fue mucho después que comprendió plenamente lo que sucedía. Demasiado tarde.
Ante sus ojos se reiteraba la imagen de Jorge con uno o ambos canes a sus pies o a su lado, como buscando su protección y afecto. Ni sospechaba que ello tuviese algún significado.
Hay mensajes que sólo muy luego nos percatamos de lo claros que eran, pese a ser difíciles de descifrar para tantos seres humanos.

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- Te regalo a King. No lo quiero. Voy a dejar que se vaya y que se pierda.
- ¡No hagas eso! Sabes que si tueviese mi propia casa me los llevaba a los dos.
- Ella se porta mejor y no me molesta, pero con este ya no sé que voy a hacer.
- A Queen la tienes como si fuese puerca y no perra. Si no estoy al tanto de echarles comida y agua, lo que encontrarías serían sus cadáveres, como los de los pajaritos en sus jaulas, cada vez que los has tenido. Las mascotas son animales afectivos, hasta se humanizan y no se comportan como los otros animales. Ellos se dan cuenta de quién les quiere y quién no. ¡Atiéndelos mejor!
- Bastante dinero me cuestan. Ya estoy cansado de ellos.
- King es un perrito muy fino, acostumbrado a vivir dentro de la casa. Pasan semanas sin que limpies la terraza. El infeliz casi no tiene ya por donde caminar. Todo está lleno de sus excrementos. Y a él no le gusta estar sucio, ni poner sus patas donde no esté limpio. ¡Me dan tanta lástima!
"Tengo que convencerlo para que se lleve al menos a King".
- Este perro no escarmienta. Ya lo caparon por andar de callejero y tuvimos que ir a sacarlo de la perrera.
A Jorge se le partía el corazón sólo de recordar lo asustado y tembloroso que estaba King, cuando por fin lo sacaron de su encierro. Tampoco dejaba de toser, por la neumonía que allí cogió, según nos dijo esa excelente veterinaria que nos ayudó a curarlo.
- Eso fue traumático para él.
- Si se lo vuelven a llevar no lo voy a ir a sacar de nuevo.
- El no es tan bobo. Ya no se aleja de tu casa.
De todas maneras, Jorge sabía que no volvería por aquella morada y temía que King otra vez siguiera su rastro, como la noche en la cual lo hizo, sin que lo supiéramos y se volviera a perder.
"Sé que su instinto lo lleva a huir de aquí tras de mí, como queriendo irse conmigo. ¡Si me hubiese podido comprar mi casa ya, me los llevaba a los dos y los mantendría muy bien cuidados, los libraría de este tormento! ¡Pobrecitos! Pero no son míos. Tengo que resignarme a no volverlos a ver. San Lázaro los protejerá. ¡Ojalá, si algún día puedo tenerlos ya conmigo, no sea demasiado tarde!"

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King lloriqueba como si supiera lo que ocurriría, mientras él iba sacando uno a uno sus escasos muebles, casi todos regalados o muy baratos, así como sus pertenencias, sin ayuda alguna y con el dolor intenso de su hombro izquierdo fracturado, el cual luego de casi un año así, seguía sin atención médica alguna, por falta de seguro y dinero.
¡Tantas personas allí y ninguno se decía: Déjame ayudar a Jorge con la mudada!
Mientras, meditaba: "¿Cómo es posible que haya gente tan insensible, inhumana.. degenerada... tan falto de valores? Hay de todo en la viña del Señor. Tal parece que sólo a King y a Queen les duele que nos alejemos, probablemente para siempre, pues de todas estas personas me voy a apartar definitivamente. Los perros se tienen bien ganado eso de ser los mejores amigos del hombre".
Le tomó varios días mudarse. ¿Cuántas veces antes le pidieron: "dame una manito" y siempre pudieron contar con él? "Pero yo no les voy a pedir que me ayuden". Ellos tienen ojos, cerebro, etc. Se hacen los ciegos, no mueven un dedo por ayudar al prójimo, sino al contrario, cada vez que creen poder hundir a alguien, lo intentan.
"Dios siempre ma ha ayudado. El aprieta, pero no ahoga, como dice la sabiduría popular. Y mi ángel de la guarda, hasta en los peores momentos, me ha salvado del mal, así que sigo con mi fé ciega, de que muy pronto, todo esto será sólo malos recuerdos y mis metas serán logradas con creces, bendecido por mi Señor, quien nunca me ha fallado".
De este modo, Jorge seguía dándose ánimos a sí mismo, entregado a su faena, como hormiga, empapado de sudor, con irresistible dolor en sus pies, hombro y luego ya en casi todo el cuerpo, mientras King se apretujaba a la puerta, con mirada suplicante, como diciéndole: "No me dejes aquí. ¡Llévame contigo! ¿Qué será de mí sin ti?". A aquel perro sólo le faltaba hablar. Parecía que en su cuerpecito de animal estaba encarnada, como apresada, el alma de alguien que antes fue humano. Era extraordinariamente inteligente.
Y Jorge le hablaba y lo acariciaba tiernamente con sus dedos, por debajo de la puerta, mientras él pobrecito se quedaba inmóvil, como queriendo sentir al máximo, las que tal vez fuesen las últimas muestras de afecto de su humano amigo.
Y Queen, del otro lado de la casa, más cerca del van de Jorge, también intranquila, vigilante, yendo y viniendo hacia la cerrada puerta, queriendo expresar a su modo, su dolor por la triste despedida. No era la primera vez (¿Pero sí la última?) que Jorge se iba de la casa del amo de ellos, harto de tantos maltratos y de lo malagradecido que era este sujeto. Y los animalitos habían sufrido mucho. Por suerte siempre hay almas caritativas y aquel matrimonio de cubanos que rentaban al fondo de la otra casa (Yamilet y Néstor) suplieron en parte los cuidados de Jorge, durante unas vacaciones del amo en Nueva York.
Y hasta el propio Jorge, más por los perros que por su dueño, volvió a aceptar quedarse cuidándolos, durante otros viajes del propietario de estos desafortuados canes.
Y es que ninguno de sus otros "amigos" se prestaba para esto, ni para acompañarle al hospital o a la clínica, o a cuidarle mientras estuvo hospitalizado o en cama en su propia casa, con fiebre, infecciones, con aquella enfermedad que creían incurable y fatal, pero que sólo Jorge, con su insistencia, logró que se dieran los pasos pertinentes para hallar la causa, el tratamiento adecuado, la cura, mejor cirujano, con técnicas más modernas, seguro médico...
Tampoco para ayudarle con su negocio. Jorge abría y cerraba. "Afortunadamente hay días que ni tengo que ir, porque Jorge está allí y me puedo levantar tarde como me gusta". No comprendía como este cubano podía estar tantas horas, en un negocio que no es suyo, sin cobrar salario alguno, ni pedir un centavo. "Pero si se cree que se va a quedar con mis clientes, no sabe la sorpresa que le tengo preparada".
No creía que nadie fuese tan bueno y suponía que Jorge, en algún momento, haría algo en su perjuicio. Si alguien le ponía una denuncia anónima, en quien primero sospechaba era de Jorge. Y sus amigos también. A fin de cuentas este Jorge, dándoselas de noblón, los hacía quedar muy mal a todos:
- Fue el último en llegar y ya se cree más amigo que nosotros, que te conocemos hace tanto tiempo - solían repetir los más antiguos.
- Tenemos que quitar a este Jorge del camino, si queremos sacarle dinero a esta loca - se decían los nuevos "amigos".
Aunque luego Jorge le demostrara lo ilógico de pensar mal así de él y por mucho que se esmerara en demostrarle lo que es comportarse como un verdadero amigo, nunca creyó en él del todo. "Mejor lo destruyo yo a él, para que no me pueda hacer nunca daño. Sabe demasiado sobre mí y seguro que, de tener la oportunidad, me denunciará. Más vale precaver...".
Aunque a decir verdad, nunca tuvo ni un sólo motivo para perjudicar a Jorge, no dudó en hacerlo a menudo. "Nadie es irremplazable, ni imprescindible", solía repetir con desprecio. "Cualquiera hace lo que él".
Pero no resultó tarea fácil la de hallar tal sustituto. Durante aquellos meses que Jorge ni le habló, ni le vió, ni regresó, parecía que ni todos sus conocidos, juntos, lograban hacer la totalidad de lo que Jorge. Hasta las plantas del jardín y el pasto, parecían que no podían vivir sin los cuidados de Jorge, se secaban poco a poco y morían.
Los platos sucios se acumulaban en el fregadero. Había más cucarachas y garrapatas que nunca. Los adornos de Navidad no lucían tan bien como antes. Los platanales se negaban a parir. Los rosales no volieron nunca a tener tantas flores, hojas y botones.
Y en la otra casa, Jorge no se ocupó ya de tantas cosas. Sólo de algunos asuntos. Sobre todo de la oficina. Sin tanto esmero como antes. A veces de las orquídeas, malanguitas, arecas, el chile y algunas otras plantas al verlas tan sedientas, moribundas o maltrechas.
"Tarataré de que se crea que esta vez sí cumpliré con la vieja promesa de ayudarlo a que gane él también más dinero, que pondremos más oficinas y estará a cargo de una de ellas, pero ya me las arreglaré para que le vaya lo peor posible".
No perdía la costumbre de estar "maquinando" todo tipo de etílicas venganzas y macabros planes para acabar con alquien: "esa gorda y esa peluquera". O "ese jardinero que ni siquiera ha sido capaz de legalizarse en este país". O "esa borracha". O "ese enano". O "ese guajiro que sólo viene a tomarse mi whisky". O "ese maldito testigo, cuya mujer ni le da el bollo". O "esa vieja cachifa chavista". O "esa negra ladrona que ahora se está muriendo de hambre". O "ese indio centroamericano"; "esa ladrona y su esposo" ... Y la lista de sus enemigos reales o ficticios, como los quijotescos molinos de viento, crecía incesantemente.

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Este año Jorge no fue a la peregrinación. La vio por la TV.
Miró nuevamente las fotos y recordó el fervor, inusual en él, con el cual aquella primera vez, tocando la enorme imagen, le pidió a San Lázaro, no para sí mismo, sino para sus seres queridos y en primer lugar para que este malagradecido señor, sanara, no perdiera ni casa, ni negocio, sino que, por el contrario, nadara en la abundancia. Y así pasó a ser muy poco después.
Pero con las glorias se olvidan las memorias.
¡Cuántos engaños, traiciones, maltratos, ofensas, faltas de respetos, gritos, humillaciones, mentiras, promesas incumplidas y maldades de todo tipo, recibió en pago a su ayuda constante, desinteresada, fiel...!
Parafraseando lo dicho por Dulce María Loynaz: ser bueno, con las personas buenas, no es ser bondadoso. ("Amar lo amable, no es amor" dijo en su hermoso y magnífico poema) ¡Lo difícil es ser muy bueno hasta con personas tan malas!
- Por favor, San Lázaro, no lo desprotejas. Sé que no se lo merece, pero tal vez algún día cambie y pase a ser de veras una buena persona. Yo lo ayudé como te prometí, como creí era tu deseo, pero ya vez, hasta trató de dejarme en la calle y se quedó con mi dinero. Prefiero ayudar a otros que sí se lo merecen más y con este desalmado: ¡Qué sea lo que Dios quiera! Sé que si dejo de ser su muleta se desplomará cual castillo de naipes. Sus enemigos ya son demasiados y sus "amigos" lo arrastran a la perdición junto con ellos, por eso decidí desvincularme de toda esa gente y no ayudarlo más. Creo que ya bastantes veces, mi ángel de la guarda, San Miguel, me ha dado señales del peligro a que me expongo si lo sigo ayudando. Pero tú, con la misericordia divina, no lo abandones. Sé que casi nadie se sacrifica por los demás... Está bien. No te insistiré más. Tú sabes mejor que yo la voluntad de Dios.
Jorge se había quedado medio dormido, viendo la tele, como casi siempre y otra vez le había parecido que los santos le habían hecho llegar los celestiales mensajes.
- Gracias Dios mío. Perdónalo, por favor. Y ayúdalo. Te lo pido una vez más.

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En la familia de Jorge siempre se han regido por la máxima de: haz el bien y no mires a quien. Luego ya como psicólogo y profesor, se esmeró aún más por ayudar hasta a los presos, los delincuentes, los asesinos, los despreciados y marginados por la sociedad, las ovejas descarriadas del Señor.
- Tú vas a llegar muy lejos - Decía su tía abuela espiritista.
- San Miguel, San Lázaro y la Virgencita de la Caridad están con él. - Añadía la también clarividente madre de su progenitor.
El pequeño Jorge no se tomaba en serio lo dicho por aquel par de viejecillas, aunque algo lo llevaba a preferir tanto estar al lado de ellas.
A veces, también al ingenuo infante le asustaba, que él pudiera "ver" con antelación, que algo malo sucedería.
- ¡No dejen que se salga a la calle porque lo van a arrollar! Aún le parece estar volviendo a contemplar al perro muerto. El carro ni se detuvo, siguiendo loma abajo. Sus tías y vecinas gritando:
- ¡Abusador! Podías haber atropellado también a un cristiano! Y ustedes muchachos, por eso no deben estar mataperreando por la calle. ¡Adentro, carijo!
Hasta sus voces siguen resonando en su memoria, con el peculiar canta'o santiaguero.
Sus primos, amiguitos y los adultos, preguntándole insistentemente:
- ¿Cómo fue que te diste cuenta de lo que iba a pasar?
Y añadían:
- Este es el nieto que heredó el don de su abuela.
Pero él nunca se tomó en serio aquellas cosas. Al contrario, casi todos creían que era ateo, si bien nunca dejó de creer profundamente en Dios, a su manera, claro está, y sin preferir religión alguna.

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- Jorge, es Mary.
- Sí, Mary, dime como has estado. ¿Qué te sucede? ¿Por qué estás tan llorosa?
- ¡Ay! No sabes lo que le pasó a Renecito!
- No. Dime. ¡Oigoooo!
Se cayó la llamada. Intentó sin éxito volver a comunicar.
Esto ya lo había "visto" venir y se lamentó de no haber podido evitarlo.
"Se lo advertí tantas veces". Pero no me hizo caso. Al contrario, me botó como un perro. Me trató peor que a King y a Queen.

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En los últimos meses le estaba yendo muy mal. Los problemas se multiplicaban. La clientela mermaba notablemente. El dinero se esfumaba, no alcanzaba. No había acabado de salir de unos líos y ya estaba superenredado en otros.
"A mí solo no me es tan fácil como a él, hallar soluciones a todo esto".
Recordaba el aplomo con el cual se tomaba lo que a él le aterraba, como aquella vez que le acompañó a la audiencia en la corte.
"Es verdad que no dejó de darme aliento, consejos, apoyo y estuvo conmigo hasta en los momentos más difíciles".
Recordó también, cuando al principio de conocerle, a medida que la crisis mundial se hacía evidente, aquella noche no pudo más e irrumpió en un descontrolado llanto, al creer que le había llegado el fin a su sueño americano, trocado en verdadera pesadilla:
- Voy a dejar perder mi casa, mi negocio y me regreso a Guatemala.
- ¿Cómo vas a hacer eso, luego de tantos años aquí, siendo ciudadano, hablando perfecto inglés, con tus títulos de bachellor y master degree, con clientela? No te desesperes. Yo te voy a ayudar en todo y tú vas a ver que vamos a levantar juntos.
"El muy bobo hasta me prestó el poco dinero que tenía ahorrado, de sus trabajitos de delivery, repartiendo periódicos y medicinas en aquel cacharro". "Y se creyó que luego yo le prestaría mi dinero a él y lo ayudaría. ¡Ni que yo estuviese loco! El contador soy yo. En Cuba él habrá tenido algún prestigio como profesor de la universidad, etc. pero aquí no es nadie".
- Está bien. Vamos a firmar un contrato entre tu empresa y la mía.
"De todas maneras sabía que ese contrato nunca lo cumpliría y por eso busqué en su cuarto su copia y la rompí, junto con sus otros papeles de importancia. Vaya sorpresa que se va a llevar cuando un día se entere que no tiene ya ni empresa, ni contrato, ni nada. Estos cubanos pobretones de mierda, son muy fáciles de manejar".
"Es un soñador. Cada año me las arreglé para que el muy ingenuo creyese que de verdad pondríamos más oficinas y él ganaría más. La verdad que, sin él, difícilmente habría llegado a tener miles de clientes, pero el muy tonto, ni aprendió a preparar los income taxes, ni sabe bien el inglés. En fin. Nadie sabe para quién trabaja. Hasta me ayudó a hacerme de mi segunda casa en Hialeah y de los dos estudios en South Beach. ¿Acaso esperaba que le regalara algo de lo mío o heredarme? ¡Qué tonto! Es cierto que en la casa y la oficina ahora tengo que pagar para que hagan lo que él me hacía de gratis, pero para eso tengo ahora mucho dinero y el sigue de pobretón, tratando de robarme mis clientes..."
"Mi mamá le tomó cariño y hasta mis hermanas y sobrinos o Juan, sin concerle en persona. Pero ya se olvidarán de él".
No obstante, la huella de Jorge estaba por doquier. Y ni dormido le dejaba. Tampoco lograba hallar a alguien que le hicera al menos compañía en aquella casona. Cada año estaba más viejo y con nuevos padecimientos...

- - - - - - -

Los toques a la puerta lo despertaron. Se levantó en bata de casa, a mirar quién era, por la rendija de una ventana.
"Policías. ¿Qué querrán?"
Los escalofríos por todo el cuerpo le dificultaban moverse y la cabeza comenzó a dolerle, los oídos a zumbarle, ese mismo miedo incontrolable, por cuya causa le subía tanto la presión, cada vez que iba a la clínica a verse con el doctor, antes con la algo tranquilizante compañía de Jorge.
Pensó no abrir, pero como un autómata lo hizo.
Les oyó mencionar su nombre.
- ¿Es usted?
Asintió con una vocecilla casi inaudible e incontrolables temblores.
- ¡Queda detenido!
La larga lista de acusaciones en su contra por fraude, robo, soborno, falsificación de documentos y firmas, asociación para delinquir, falsos testimonios y cargos...
"¿Cómo han podido averiguar todo lo que he hecho? ¿Quién me habrá delatado esta vez? Seguro fue Jorge".
El corazón parecía no caberle en el pecho, queriendo salírsele. El dolor de cabeza, de tan fuerte, le nublaba la vista. Se desplomó.
Aún oía vagamente:
- ¡Llamen al resquium!
Y luego:
- ¡Lo perdemos!
Era como si estuviese viendo un film sobre su propia muerte, infartado, luego de una abrupta subida de presión, haciendo por fin realidad ese perenne temor, que no le abandonaba, ni le dejaba vivir en paz en los últimos años... Mientras, una conocida voz, que sólo él escuchaba, le decía:
- Te lo advertí.
Y ese hombre, cuyo viril rostro le era tan familiar, con sus dos perros al lado, se iba transformando en otra figura, también inconfundible, pero con muletas, a la vez que le preguntaba:
- ¿Nunca me reconociste, verdad?
Y mientras la vida abandonaba su ya inerme cuerpo, al punto que su alma contemplaba su cadáver, balbuceaba:
- Siempre estuviste junto a mí, mediante Jorge y no me di cuenta.
Lázaro sólo sonrió ligeramente y le dijo:
- Vengo a llevarte al lugar asignado a quienes han sido como tú. Seguro ya sabes a dónde.

- - - - - - -

En casas y a horas distintas, dos personas despertaban a menudo con sueños o pesadillas reiterados y enlazados por temas, hechos y personajes comunes, pero con puntos de vistas, sentimientos, valores y resultados muy distintos, sobre un pasado que les vinculó, pero ya no más...

Epílogo: En diciembre de 2010, el dueño de los perritos reales, en los cuales se basó este cuento, decidió ponerle fin a sus vidas. Al leerlo, se lo dijo al autor. O sea, luego de ver esta narración la luz aquí. Les confieso que me hubiese gustado mucho haberme podido quedar con ellos y que me hubiesen consultado antes de tomar la fatal decisión.

jueves, 15 de mayo de 2008

El planeta gay.

“Hacía mucho que se había extinguido el último hombre heterosexual. La prehistoria duró hasta mediados del tercer milenio.

A fines del segundo ya habían ciudades gay. No se sabe con certeza cuándo los gay pasaron a ser realmente la mayoría. Muchos no hétero fingían no serlo. Ocultaban públicamente sus verdaderas preferencias sexuales.

Por eso, antes de que se aceptara cada vez en más países, que los heterosexuales ya no eran la mayoría (pues las investigaciones científicas lo habían requetecomprobado) se estima que desde muchos siglos atrás, ya los no hétero eran los más, pero seguían creyendo que constituían la minoría.

Primero se aceptó en unos pocos países que había surgido una nueva mayoría en las preferencias sexuales. No pasó mucho tiempo para que esta tendencia se confirmara en casi todos los países, hasta que en el cuarto milenio se proclamó en el último lugar del mundo el fin del predominio de la heterosexualidad masculina.

Aunque todavía en el sexo femenino, las no hétero tardaron un poco en convertirse en mayoría también.

Nunca más los hétero recobraron el predominio numérico perdido.

Luego, cuando ya se veía que eran cada vez menos, se proclamó en el Congreso Mundial de Historiadores que la Era Hétero fue en realidad la Prehistoria de la Humanidad.

Parecía que el mundo había logrado un equilibrio entre la diversidad de géneros, donde ninguno predominaría otra vez. Pero no fue así.

El porciento de heterosexuales masculinos siguió decreciendo hasta que se extinguieron.

Se creía que entre los varones, los bisexuales perdurarían como el grupo más numeroso.

Aunque se le siguió llamando por tradición sexo masculino, la masculinidad era cada vez menor. Así, entre los varones, los homosexuales se convirtieron en mayoría.

Con el paso del tiempo, los varones bisexuales fueron decreciendo numérica y porcentualmente hasta que se extinguieron también.

Como consecuencia de la disminución primero, y posterior extinción, tanto de los varones heterosexuales como de los bisexuales, fue decreciendo entre las mujeres las heterosexuales y aumentando la proporción, primero de bisexuales y después de lesbianas, hasta que, a falta de hombres con los cuales fornicar, también dejó de haber mujeres heterosexuales y bisexuales.

A nadie le preocupó entonces que el mundo entero fuese homosexual. Lo veían como una consecuencia lógica del desarrollo de la humanidad y hasta acordaron cambiarle el nombre al planeta.

Cuando aún quedaban hombres heterosexuales y bisexuales, una creciente minoría de la humanidad continuaba procreando a la antigua, como en la prehistoria. Pero hasta la mayor parte de los todavía héteros o bi, prefería el adelanto y ventaja indiscutible de las fábricas de bebés.

¿Indiscutible? Así parecía, sin nadie atreverse a dudar o prever otra cosa.

Cada adulto, estuviese o no unido a otra persona, tuviese una u otra preferencia sexual, podía escoger qué bebés quería tener, con elevada precisión de un sinfín de características: color de piel, de cabellos, ojos, formas de nariz u orejas, manos, pies, estatura, en fin, todo. La creatividad humana había logrado su más perfecto producto: fabricar los nuevos seres humanos según nuestros deseos y gustos.

Pero en el sexto milenio comenzó a surgir una preocupación. Inicialmente leve. Con posterioridad, en los últimos siglos, pasó a ser considerada de suma gravedad.

Los varones homosexuales activos también fueron decreciendo porcentualmente. Se veía como lógica consecuencia, por un lado de la extinción de los hétero y sobre todo porque se había pronosticado que todo varón moderno llegaría a disfrutar plenamente del sexo anal.

Se consideraba que el progreso podría llevar también a la extinción de los varones homoseuales activos, como había ocurrido con los varones heterosexuales y con los bisexuales activos cuando todos los varones se liberaran de esos “rezagos del pasado”.

Con la extinción de los activos, se creyó que los versátiles serían la gran mayoría y los homosexuales completamente pasivos, como siempre, seguirían siendo una minoría como había sido, tanto en la prehistoria como en la Era Moderna.

Pero no ocurrió así. Tampoco se cumplieron esos pronósticos. El número de pasivos ciento porciento crecía y crecía. El de versátiles, no sólo decrecía de manera preocupante...

Lo más alarmante era que, entre los cada vez más cotizados y proporcionalmente escasos versátiles, se estaban extinguiendo, primero los predominantemente activos (hasta su total extinción también) y luego, aquellos a quienes aún les gustaba, aunque fuese muy rara vez, hacer de activo.

En fin, llegó el momento en que los únicos versátiles sólo lo habían sido cuando muy jovencitos. Ya de aquello ni se acordaban y eran vistos por los demás como una rareza, cómo fósiles vivientes o bichos raros o seres atrasados.

Hasta que llegó lo que nunca nadie se había imaginado en los tiempos de felicidad por la Nueva Era y tantos progresos. No sólo se habían extinguido los versátiles por completo y desde hacía muchos siglos, ni de jovencito, varón alguno quería (ni podía) hacer de activo, sino que además, se había comprobado estadísticamente que el tamaño y grosor del pene se venía reduciendo dramáticamente de generación en generación.

Los científicos lo veían como lógico resultado de la falta de uso.

Los penes grandes sólo habían sido vistos en imágenes cada vez más antiguas. Hasta se dudaba por la mayoría que de verdad hubiesen existido varones con miembros tan grandes y gordos. Muchos no creían que de verdad esa parte de su cuerpo, cuyo único valioso uso para casi todos era para orinar, hubiese servido antes para alguna otra cosa.

Ya casi nadie se había masturbado usando el pene. Pocos eran también los que habían eyaculado alguna vez.

La impotencia masculina dejó de ser un trastorno milenios atrás, para pasar a ser considerada cada vez más normal y, lo infrecuente, la erección. Por todos era de sobras sabido que el placer anal se podía lograr sin erección alguna. Era una preocupación menos de la cual el progreso había librado a los varones.

El mundo gay se había acostumbrado no sólo a las fábricas de bebés, a los consoladores y a la extinción de toda variante de preferencias sexuales en la cual fuera menester el uso de algún pene real erecto, sino también únicamente a la masturbación anal, vaginal, al placer proveniente de la manipulación del clítoris, el punto G o la próstata.

Todo aquello de fornicar con mujeres era efectivamente algo que sólo se podía esperar de seres prehistóricos.

Esos penes grandes y gordos únicametne podían ser fruto de algún trucaje y seguramente nunca pene alguno fue tan bueno como un consolador. Estos sí eran del tamaño, grosor, color y forma que cada cual deseara. Era sin dudas otro gran invento. Una de las pocas cosas en que coincidían las hembras y los varones en cuanto al sexo, además de las fábricas de bebés con los úteros y placentas artificiales.

El sexo oral se había reducido a las variantes buco/vaginal, buco/anal y buco/pene artificial.

Estos penes sí eran fabulosos. No sólo de todos los sabores, olores, colores, formas..., así como del largo y grosor deseado, sino que podían vibrar y causar todo tipo de placeres según los gustos de cada cual y hasta eyaculaban tantas veces como uno quisiera sin perder la erección, por supuesto, como en aquellos tiempos del pasado. Obviamente, sin riesgo de embarazo ni de enfermedad alguna. En lugar de semen brotaban deliciosas cremas, jugos, las mezclas preferidas por uno u otro.

El caso es que a las mujeres también les comenzó a preocupar el asunto.

En tantos siglos donde se suponía que ni hembras ni varones se volverían a necesitar nunca más para otra cuestión sexual que no fuese la unión de algún espermatozoide con un óvulo, ¿a quién se le hubiese ocurrido pensar que las dos mitades de la humanidad se tuviesen que poner a debatir otra vez algún tema sexual de interés mutuo?

¿De veras sería tan grave el asunto? ¿O sólo era obra de algún científico que deseaba sobresalir?

La población mundial había decrecido constantemente con el paso del tiempo. Se interpretó siempre como otro símbolo de la modernidad. Los seres humanos podíamos decidir también cuántos queríamos ser. Varios milenios sin pobreza, sin hambruna, sin ninguno de aquellos males que tanto padecía la humanidad en la Prehistoria.

Si en algún momento se llegase a estimar que era conveniente aumentar la población, para eso estaban las "infalibles" fábricas de bebés.

¿Quién se iba a imaginar que este excelente invento podría llegar a fallar?

Tantos milenios de absoluta seguridad, tenían ahora completamente desajustados a cada habitante del planeta gay, quienes nunca habían experimentado sentimiento alguno de inseguridad, de incertidumbre respecto al futuro de la humanidad.

¿Cuántos habitantes quedaban realmente en el planeta?

La noticia de que no eran tantos como creían no preocupó mucho hasta que se divulgó la otra, a decir verdad, escalofriante: la humanidad corría el riesgo de extinguirse.

¿Cómo era esto posible?

¿Se regresaba a algo similar a los tiempos de temor por extermino como consecuencia de una guerra nuclear, en un mundo donde por milenios nadie había visto ni fabricado un arma de esas? ¿O a aquello que le llamaban efecto invernadero? ¿O a cuando por poco se extinguen los animales?

Siglos atrás, los laboratorios fueron reportando, primero que no quedaba espermatozoide alguno congelado proveniente de varones heterosexuales y luego tampoco de bisexuales, ni de activos ni de versátiles más activos que pasivos, ni de los algo activos, sucesivamente.

¿Por qué habría de preocuparle a alguien que no hubiese quedado célula alguna de aquellos seres humanos del pasado tan raros, que no eran gays como todos ellos?

Las reservas de espermatozoides estaban a punto de agotarse, luego de décadas en que no se lograban producir nuevos espermatozoides porque ya nadie eyaculaba”.

Luego de la larga pausa, aquella voz quizás de un varón o de una hembra (nunca pudieron ponerse de acuerdo en cuanto al sexo) prosiguió diciéndoles:

“¡Hijos míos!...”

- ¡Era mamá!

- ¡No! ¡Era papá!

Nunca supieron la verdad. Siempre discutieron sobre lo mismo hasta el cansancio.

A decir verdad, aquella voz pudo ser lo mismo de un hombre que de una mujer, luego de tantos siglos de evolución en que hasta esa diferencia, tan típica de antaño, igualmente se borró.

Tampoco estaban seguros de que proviniese de alguno de sus progenitores, si algún ser de aquellos tiempos podía llamarle así a alguien.

Como todos, ellos también eran el fruto de las fábricas de bebés y no tenían información alguna que les confirmara quiénes habían sido sus verdaderos padres desde el punto de vista genético.

“Ustedes son el maravilloso resultado de los dos últimos espermatozoides... La esperanza de salvación de la Humanidad... Tienen que lograr la erección del pene, la penetración vaginal y la eyaculación, tantas veces como sea posible..., hasta que el vientre crezca mucho y por la vagina salga al mundo un bebé, lo alimenten y cuiden... Repitan todo esto muchas veces... Llenen ustedes y sus hijos otra vez el planeta de seres humanos...”

Esto último se oyó como un susurro y la voz se calló para siempre.

Habían puesto tantas veces aquella grabación que ya se escuchaba muy mal, pero todavía se entendía. Aunque ni falta hacía. Ya no la volverían a oír.

Cuando ella ladeó su cabeza blanca como la nieve y dejó de respirar, él se orinó en la cama.

Aquella cosa sólo servía para eso. Tan parecido al clítoris de ella, pero ligeramente más pequeño, nunca aumentó de tamaño como aquellos de las imágenes del pasado, ni brotó de él otro líquido, ni menos aún pudo entrar en la vagina de ella.

No quedaba alguien en sitio alguno y dentro de muy poco ya no habría más nunca, nadie.

Autor: Jorge Enrique Ojeda Matías
jorge.ojedamatias@gmail.com

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Fundador, Propietario y Presidente de Ojeda Multiservices Corporation (OMC), Rector de la UVI, Master en Educación Avanzada y excatedrático de la Universidad Pedagógica de La Habana "Enrique José Varona". Licenciado en Educación (equivalencia de Bachelor in Sciences of Education in USA). Especialista en Pedagogía, Psicología, Creatividad, Dirección turística, Opinión Pública y Medios de Comunicación.

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